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Segunda aventura

Si te pareció peligroso el anterior reto, el que te propongo te obligará a acercarte al final de las tierras que conoces para adentrarte en los dominios de la Diosa Mari. Y sabiendo que no todos los días son igual de propicios, no harías mal en consultar con los hados para obtener el mayor provecho de esta aventura. Pon especial atención en solicitar la clemencia del tiempo pues, las hadas no se muestran cuando arrecia la lluvia.

No me parecería mala idea que, por si las cartas fueran mal dadas, comenzaras la aventura con el estómago lleno. Si quieres probar manjar de dioses, no harías mal en hacer un alto en el camino en el mesón Zuberoa. Eso sí, lleva la bolsa llena, porque según me han contado, el manjar de dioses se paga a precio de dioses. Aunque, desconociendo el alcance de tu fortuna, quizá debas contentarte con llenar tus alforjas en cualquiera de los mesones del camino. Después de bien comido, podrás lanzarte a la aventura con más alegría.

Deberás acompañar un río, en el que las lamias peinaban sus largos cabellos dorados, hasta llegar a las faldas de las montañas que representan a la mujer dormida. Son estas aguas más humildes que las del reto anterior, ya que no se dirigen a la capital sino que acabarán sus días en la bahía que tanto renombre tuvo antaño. Llegarás al lugar en el que durante dos mil años, los hombres han sacado tesoros de las entrañas de la tierra, hasta haber convertido estas montañas en una maraña de enormes agujeros en los que podría tener cabida la morada de un dragón. Este es tu destino.

 
 

el destino


Mira hacia arriba y contemplarás absorto el contorno de las montañas en las que anidan enormes aves que surcan los cielos en círculos mientras vigilan el suelo en busca de animales muertos con los que alimentarse. No representan un peligro para ti (salvo que estés muerto “de miedo”), así que, si tienes suerte, podrás admirarlas en todo su esplendor. Podrías encontrar un guía, pero deberás informarte bien porque a estos bellacos no les gusta demasiado trabajar. Aunque, si lo consigues, podrás penetrar en la tierra, para sorprenderte con el poder de los hombres y enanos en colaboración, capaces de horadar la tierra con agujeros de tales proporciones que podrían competir con muchas de las cuevas que ha creado la madre naturaleza. Una advertencia: no sustraigas ningún tesoro de la caverna, pues la maldición de los enanos podría caer sobre ti.

 
 


Podrás recorrer los alrededores en los que encontrarás, también, senderos que penetran en la tierra por doquier. Podrás acompañar al río, para asombrarte con sus cabriolas. Debo advertirte, no obstante, que es éste un lugar muy apreciado por los lugareños, especialmente los días  calurosos en que no hay que trabajar, por lo que si vas en busca de solaz y sosiego será necesario que escojas bien el día.

Y cuando te hayas mareado de tanta maravilla, podrás regresar.
No tengo ninguna prueba tangible que me de fe de tus gestas y no sé si creer las hazañas que se cuentan sobre ti. Si me trajeras una prueba, aunque pequeña, creería en ti y podría añadir esta gesta a los cantos que pienso componer en tu honor. Cuéntame lo que has visto y yo lo cantaré.

el río
 
 


 
 
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