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Décima aventura

 
 

La realidad:

Cuando iba al instituto coincidí con una joven que se llamaba Agustina y era hija de un farero. Vivía con su familia en el faro de Igueldo. Apenas le pregunté sobre su vida en el faro y ahora me arrepiento, porque la imagen que se brinda del farero es la de un hombre solitario amante del mar, consagrado en cuerpo y alma a conseguir a toda costa que el faro brille todas las noches del año. Quizá, actualmente, la tecnología brinde a los fareros una libertad que antes no tuvieron.
Un faro en el alto, la señal segura en días de mala mar. ¡Cuántos naufragios habrán evitado! ¡Cuántas vidas habrán salvado!
Edificios hermosos y serenos, por lo general, construidos en bellos y agrestes parajes, indican al marinero el camino seguro a puerto. “Una luz corta y dos largas”, “dos luces largas y dos cortas”, silencioso código morse de los faros, señalan, al marinero que sabe, si se trata de este faro o de aquel otro. ¡Qué alegría cuando se reconoce la familiar silueta o el conocido destello del faro que indica la entrada al hogar!

el faro
 
 


La ficción:


¿Por qué no funciona el faro mágico de Isqueria, en los confines del reino de Vekion? Las comunicaciones se han interrumpido y un hechizo impide que los barcos se aproximen a sus costas. Sólo queda una ruta para que un mago pueda ir a repararlo: por tierra, atravesando un vasto territorio dominado por los temibles Arqueros Negros del ejército agrio y transitado por peligrosas tribus.
Aunque no puede revelar el porqué, esto no es un problema para el joven ingeniero Djertan Rivotnyutk; ha perdido la memoria y no recuerda nada de su pasado… o al menos eso es lo que todo el mundo cree.

El faro de Isquerion” de Fedra Egea

 
 
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